¿Qué tipo de relaciones eliges?

13 07 2016

Lo quieras o no, las personas que te rodean influyen en el resultado de tu vida. Quiénes vamos encontrando a lo largo de nuestro camino son la oportunidad para reconocernos a través de lo que nos muestran sobre nosotros mismos. Lo que Jung dice sobre la proyección de nuestra sombra en los demás. Algo así como ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el nuestro. Las relaciones nos facilitan, por tanto, que el inconsciente (nuestra sombra) pueda llegar a hacerse consciente a través de los demás.

En la adolescencia, los amigos se convierten en nuestro centro de atención. Es una etapa en la que nos sentimos curiosos, expansivos y con ganas de probar, destacar, compartir… Son pocos los amigos que se mantienen a lo largo de la vida y, a cambio, en el transcurso van surgiendo nuevas amistades producto de los entornos en los que nos movemos. Nuestro círculo va cambiando y vamos viviendo diferentes tipos de relaciones, con experiencias positivas y negativas, y ambos resultados pueden ser de lo más productivo, si sabemos interpretar y aceptar lo que nos enseñan.

Podemos saber de las diferencias entre amigos y conocidos por el grado de afinidad, intimidad, disponibilidad, apoyo, empatía y afecto que prodigamos. Hay gente que emplea la palabra amigo para referirse sólo a un conocido y, otros, amigo del alma cuando sienten que es alguien incondicional. Y todo es válido porque no deja de ser sino una percepción subjetiva, una forma de vivir y estar en las relaciones según nuestros valores, creencias, educación, entorno y, sobre todo, la necesidad primaria (seguridad, protección, validación, admiración…) que subyace en cada uno, y que determina el estilo que se adopta en una relación: “doy” o “tomo”. Hay personas que sólo dan y otras que sólo cogen.

La palabra amistad proviene del término amar y es una relación afectiva entre dos o más personas. Entonces, lo primero que habría que considerar en una relación es la capacidad que tenemos de amar.  Y, amar, lleva implícito un sentimiento altruista de dar (se) de forma espontánea y generosa, y una actitud que contempla aspectos de atención y escucha, comprensión, opinión, consideración, participación, respeto y cariño… Ahora, analicemos, ¿cuánto de esto está presente en nuestras relaciones?

Pensemos también cuántas relaciones nos aportan y cuántas nos desgastan; cuántas nos impulsan y cuántas nos frenan; cuántas nos ilusionan y cuántas nos deprimen. Cuántas nos mantienen en la superficie, en el envoltorio y cuántas nos sitúan en lo profundo, en la esencia. Y, quizás, nos demos cuenta de que no siempre nos rodeamos de lo mejor para nosotros; no siempre elegimos lo que nos va mejor, aunque inconscientemente exista un propósito para ello.

Aunque no deje de ser una generalidad, en las relaciones hay una serie de comportamientos que funcionan mejor que otros:

Nos suele ir bien cuando no ponemos en riesgo nuestra dignidad; cuando mantenemos el auto respeto, sin buscar que nos acepten o nos aprecien, menos aún quienes muestran que son incapaces de hacerlo.

Nos va bien cuando no pedimos o exigimos devoción, o entrega incondicional, porque quienes quieren estar con nosotros lo hacen sabiendo que no hay nadie mejor con quien querer estar.

Nos va bien cuando nuestras relaciones se producen de corazón a corazón, reconociendo y valorando a la persona que tenemos delante, sólo por quien es y no por lo que pueda ofrecernos.

Nos va bien cuando nos relacionamos con seres emocionalmente inteligentes, que saben que la crítica, la indiferencia, la susceptibilidad o mantenerse distante son actitudes que no combinan bien ni con la amistad ni con el amor.

Nos va bien cuando elegimos estar con gente que nos nutre, nos mantiene vivos, lo que no significa que no seamos generosos o compasivos con quiénes nos necesitan; significa, sencillamente, cuidarse y saber lo que resulta saludable para uno. Rodearnos de quiénes nos aportan energía para actuar y experimentar; sabiduría para aprender y avanzar en nuestro proceso; alegría para reír y disfrutar de momentos y cosas bellas; afecto para sentir lo que significa el aprecio y la consideración.

No podemos intervenir en lo que aparecerá delante de nosotros. Sí podemos intervenir eligiendo qué hacer y aprender con ello. Hace poco oía decir a alguien que la felicidad es una decisión, y no puedo estar más de acuerdo porque, aún en la adversidad, en lo más horrible y doloroso, la forma de abordar y aceptar lo que nos sucede determina el estado y duración de nuestro aflicción. No podemos evitar el dolor aunque sí el sufrimiento. Y conviene diferenciarlo. El dolor es algo puntual, que no se elige; el sufrimiento es algo duradero, que sí se elige. Tanto el sufrimiento como la felicidad son decisiones, actitudes ante la vida, igual que elegir con quiénes y cómo relacionarnos.


Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: