Atrapado en un ping pong?

6 01 2014

He vuelto a ver la película “Atrapado en el Tiempo”,  título original (Groundhog Day) donde el protagonista (Bill Murray) se ve condenado a revivir el mismo día, una y otra vez, excepto que, cada mañana, su percepción de lo vivido se va ampliando hasta ser consciente del impacto de su comportamiento y hacer un cambio de valores. Resulta divertida aunque lo que más me gusta es la utilización de la metáfora como explicación de lo que nos sucede en relación con el tiempo, y como nos sentimos atrapados, una y otra vez, en un mismo escenario. Como si fuera una partida de ping pong.

Poco sabemos del tiempo excepto que es subjetivo. Y lo usamos para medir la experiencia (lo estaba pasando tan bien, que el tiempo se fue volando; era tan aburrido que el tiempo se me hizo interminable; era un paisaje tan impresionante, que el tiempo se detuvo….).

Cada experiencia es personal y, ahí, radica el problema; hacemos del tiempo algo tan personal a través de los recuerdos vividos, que nos pasamos la vida metabolizando el tiempo en nuestro cuerpo físico, lo que influye en el biológico y su envejecimiento, con un resultado más amable o cruel en función no sólo de las experiencias sino del tiempo y espacio que otorgamos a esos recuerdos. Y utilizando una analogía: qué difícil nos resulta “resetear” la memoria y “reiniciar” cada día con el disco limpio, aunque ¡qué rápido y ligero sería nuestro funcionamiento!

El tiempo, en algunas tradiciones espirituales, se explica como el movimiento de la conciencia. Es decir, el movimiento del pensamiento. Si tú estás más allá del pensamiento (eres más que el pensamiento) tu Yo verdadero sólo existe en el “ahora”. Cada  vez que surge un pensamiento, aparece un observador, así como un objeto que observar. De forma que parece que existimos en dos realidades. La primera: el Ser ajeno al tiempo, donde no hay pasado ni futuro, sino presente, un punto cero donde todo se está creando en el momento. No tiene duración porque se está renovando constantemente. La segunda realidad serían las experiencias, el mundo relativo, el de las distorsiones, donde la mente actúa como un observador centrado en el objeto de observación y que se expande a través de las experiencias que vamos viviendo.

Entonces, diríamos que el tiempo es un movimiento del pensamiento que utiliza el ego (quienes nos creemos ser) como punto de referencia interno para analizar, comparar, evaluar, rechazar o elegir… Acumulando razones para ser feliz o desdichado. Al ego le encanta el melodrama y aprovecha cada experiencia para elaborar una historia, que puede ser buena o mala, dramática o divertida, entretenida o aburrida… Cada observador (el pensamiento) se enfoca, se estanca, en la que cree (ingenua o ilusoriamente) es su historia.

Y me pregunto, ¿qué pasaría si no hubiera una historia de referencia.  Y si fuéramos nosotros mismos autoreferentes. Qué pasaría si cada momento que vivimos fuera un inicio, una creación nueva?  Es probable que se acabaran nuestras excusas para no ser libres y dichosos, al dejar los recuerdos del pasado como patrón de repetición?  No existiría temor, duda, aflicción. expectativa… porque, sin una historia a la que dar continuidad, aceptaríamos lo que fuera surgiendo en cada instante, lo viviríamos y lo dejaríamos marchar…

Y para ello, quizás necesitemos empezar a hacer algo que a todos nos cuesta: diferenciar el momento de la situación, o las circunstancias. La situación rodea el momento, y puede ser agradable o desagradable, fácil o commpleja, pero, sea cual sea, la circunstancia surge y pasa. Si nos mantenemos en el sufrimiento o, incluso, en el placer es porque mantenemos  la situación (la que sea) en nuestro pensamiento. Y la dificultad es quedarnos anclados, ahí,  y no ser capaces de ver y vivir lo que es y está sucediendo ahora, en cada instante.

Sólo tomar conciencia, como el protagonista de la película, de que todo cuanto hacemos de forma repetitiva no puede sino traernos siempre el mismo resultado, y que salir de esa espiral implica poner atención y dejar de revivir recuerdos de experiencias pasadas,  y de planear el futuro. Dejar de inventar nuestra historia dándole continuidad. Dejar que cada día sea una experiencia nueva, sin antes ni después. Quizás entonces podremos dejar de sentirnos atrapados, repitiendo situaciones. Dejaremos de jugar el mismo ping pong de circunstancias, una y otra vez. Porque qué doloroso y, además, aburrido…

Asumiendo que las situaciones aparecen y desaparecen ¿puedo distinguir el momento de la situación. Puedo permitirme experimentarlo y disfrutar de la creación que surge en cada instante, dejando las circunstancias a un lado?

Difícil que no imposible. Cuesta, pero en ello estoy. Un propósito para este año.

Trapped by Bruce


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