Arrogancia que envuelve vulnerabilidad

5 11 2012

Para este artículo, rescato una palabra que he escuchado decir hoy en un programa de radio a un conocido ex-político, presidente de una Comunidad Autónoma durante numerosos años, refiriéndose a un defecto que parece distinguir a los españoles: la arrogancia,  y que impregna no sólo a la clase política, y a sus planteamientos institucionales, sino que cala en todos los tejidos de la sociedad hasta situarse a pie de calle.

La arrogancia de pretender llevar razón (mi razón) e imponerla hasta convertirla en una bandera que izar por encima de todo, y a pesar de todo: un estandarte de la verdad.

Si observamos atentamente, la arrogancia es un hábito que preside gran parte de nuestro entorno inmediato. En las empresas donde trabajamos, en nuestra pareja, con nuestra familia, entre amigos… somos testigos de activistas enfebrecidos enarbolando discursos sobre “lo que es debido” y lo que “ hay que hacer” en aras de una supuesta eficiencia y obtención de mejores resultados, aunque sin medir los efectos que  producen. O, si se hace, es por un bien mayor (menudo eufemismo) y lo que ocurra alrededor, mala suerte: los efectos colaterales. Lo que importa es llevar hasta el final nuestro punto de vista esgrimiendo bien alta la espada de la razón.

Aunque la paradoja está en que cuánto más nos empeñamos en mostrar lo justos que somos, lo correcto de nuestros planteamientos, más arrogantes e intolerantes nos volvemos. Tenemos que cargarnos de “buenas razones” para defenderlas con uñas y dientes, y creemos que lo que piensan los demás, está demás porque “soy yo” quién lleva razón.

No ser arrogante implica humildad, una virtud que a muchos incluso les podría parecer más un defecto asociado a signo de debilidad. Y, algunos, empezando por los políticos, deben creerlo a pies juntillas cuando se encapsulan (ahora se dice “se enrocan”) en sus creencias, sin ser capaces de ver ni el 2% de verdad que pueda surgir de otras ideas. ¿Para qué?

Ser arrogante es vestirse de fuerte, aunque llevar un vestido no significa serlo sino querer parecerlo. En realidad lo que se pretende es camuflar la vulnerabilidad poniéndole encima el traje de la arrogancia.

¿Y puede haber algo más arrogante que no tener en cuenta la opinión y el sentir de los demás? En política se recurre a convocar elecciones para conseguir el respaldo necesario para legislar, aunque después actúen al dictado de su criterio (lo que la nación necesita, según su razón) y no lo que los electores quieren. En las empresas, y sus equipos, hay comités donde se acuerdan tácticas amparadas sobre una misión y visión estratégicas. Y, de nuevo, asistimos a la soberbia  de personas, directivos y empleados, con puntos de vista intransigentes, asentados sobre ideas que impiden poder ver alrededor una porción de cualquier otra verdad que no sea la suya.

Si queremos dejar la arrogancia, habría que introducir la táctica del desarme que conduce a no pretender que existe sólo una razón: la propia. Siempre se puede encontrar algo verdadero en lo que otras personas dicen, por irrazonable que nos parezca. Ponerse en la piel de la otra persona, nos ayuda a percibir el mundo con otros ojos y a darnos cuenta de lo que está sintiendo, lo que ayuda también a cultivar la curiosidad y a preguntar más sobre la que otros piensan o sienten: cultivar la empatía y la comunicación.

Cuando la espada de la razón se ha enfundado se abre un espacio a la conversación y a poder explicar, sin imponer, diferentes posturas desde lo que cada uno siente. Aplicar esto implica dejar el orgullo a un lado dejando paso a la humildad, y a la transigencia, algo que parece costar porque creemos, o hemos escuchado decir, que la vulnerabilidad es síntoma de debilidad y, si nos ven débiles, podemos ser objetivo de ataque. Antes habría que preguntarse quién va a querer atacarnos y para qué, porque igual son fantasmas en forma de pensamientos que ni siquiera son propios.

Sin embargo, la arrogancia, parece sinónimo de fuerza, de incuestionabilidad, y eso da seguridad, aunque sea falsa porque… si uno se siente seguro para qué necesita recurrir a actitudes que muestren tanto engreimiento y fortaleza. La soberbia de querer llevar razón nos aleja del corazón y nos conduce a  un punto donde creemos ser el centro de todo. ¡Qué importantes somos, cómo controlamos la situación!. Porque, sí, los arrogantes necesitan del control, y los cambios y las sorpresas les desconciertan porque les moverían de ese eje superior en el que siempre aspiran estar: su pedestal.  Como si el mundo no girara y todo permaneciera estático; como si siempre fuéramos a estar aquí. Me pregunto si tras tanta altanería lo que subyace es el miedo a no ser nada. ¿Será por eso que somos tan arrogantes? ¿Será eso lo que tanto nos empuja a buscar unas señas de identidad, ese lugar que queremos en el mundo, dándole un nombre, un color, una imagen que revista de engreimiento lo que no es más que vulnerabilidad?

¿Qué necesitamos para darnos cuenta del flaco favor que a todos hace instalarse en la arrogancia?


Acciones

Information

One response

6 11 2012
Andrés

Fantástico, incisivo, genial. Ojala y fuera la lectura de mesita de noche de todos nosotros, sobre todo de todos aquellos que se relacionan con los demás, especialmente los políticos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: