El niño que hay en ti

11 05 2011

Uno de los grandes errores que cometemos cuando nos hacemos adultos y adquirimos responsabilidades es pensar que ya no tenemos derecho a divertirnos igual que cuando éramos niños.

Sin embargo, y de forma inconsciente, seguimos manteniendo algunas actitudes de comportamiento infantil que pueden estar no permitiéndonos desarrollar nuestras mejores capacidades y vivir plenamente experiencias como seres adultos que somos.

Puede ser una ocasión para reflexionar y darse cuenta del significado de ser niño. Lo que tiene de positivo en nuestra vida y habría que mantener a toda costa: curiosidad, inocencia, espontaneidad, risa y alegría, juego, travesuras, aventura…  todo un caudal de sensaciones y emociones que nos impulsan y conectan con lo más puro que hay dentro de nosotros y, sobre todo, con la ilusión. Algo que no deberíamos perder nunca porque es lo que nos puede conducir a encontrar nuestro propósito de vida.

Echemos un vistazo ahora a lo que puede limitar nuestra vida comportarnos como un niño, teniendo en cuenta que ese niño puede adoptar además una vertiente de niño rebelde o de niño sumiso, y  los conceptos en positivo y negativo que aporta una u otra perspectiva. Vamos a tomar los aspectos negativos porque son los que podrían limitar más la actuación como adultos.  (Hacer el ejercicio identificando lo positivo que tiene cada aspecto facilita también claves interesantes)

¿Qué diría el niño rebelde negativo que llevamos dentro? No quiero, no me gusta,  así no,  no me digas cómo hacerlo, porque tu lo digas…  ¿Y qué diría el sumiso? Lo que tu quieras; está bien así?  no sé hacerlo; no puedo, me cuesta mucho, tengo que hacerlo como me dicen…  ¿Te resulta familiar alguno de estos monólogos interiores?  A mi más de uno.

Sería deseable pues permanecer más atentos a nuestros pensamientos y darnos cuenta de cuándo esas voces se instalan en nuestra mente. Podemos empezar por no dar nada por sentado. Si surge un pensamiento que nos produce desasosiego o cualquier otra emoción,  preguntarnos quién está en primer plano: el niño o el adulto. El niño no analiza, se guía por su emoción espontánea en función de su carácter, entorno familiar y de educación y… ¡lo quiere todo , lo quiere ya,  y a toda costa! No hay nada que se interponga entre sus deseos y conseguirlos. El adulto antes de actuar confronta y comprueba sus dudas (sumiso) y  calma sus explosiones (rebelde) y buscar reencuadrar preguntando y expresando. La emoción la canaliza a través del pensamiento para alejarse y tomar perspectiva y, entonces, poder elegir conscientemente lo que hacer o decir.

En todo este proceso de toma de conciencia resulta también de lo más conveniente mantener y seguir reivindicando nuestro niño interior divertido y buscar cosas que nos alegren y  hagan ser más audaces para salir de esa zona de confort que nos lleva a la apatía, decaimiento o languidez.

Busca esa parte de ti traviesa, y riéte y haz reír a los demás . Atrévete a ser juguetón y travieso con tus compañeros, tu pareja, tus hijos, y desencadena todo ese flujo de energía favorable que es la risa. Pierde el sentido del ridículo y sé ese niño que dejaste de ser, o que quizás no te permitiste o permitieron ser,  y actúa como el adulto que eres integrando el juego y la diversión en tu vida. Un par de preguntas para hacerse:

¿Qué me hace reír?  y  ¿A quién puedo hacer sonreír/reír hoy? 

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